Una nada encerrada por todo lo que tiene vida.
Todo existe ahí. Ahí se planeó, se crea.
En mitad de la selva...
Era como caminar sobre tierra sembrada en una fina capa de esponja. Cada paso era un charco alrededor de mis botas. Una gota más de sudor que escapaba del sombrero y el pañuelo para quemarme los ojos. El calor me pesaba caliente en los pulmones y la ropa húmeda se pegaba a la piel como si a partes hubiera crecido de ella.
El Sr. Redondo, mi asistente, corría evitando mordidas tratando de atrapar sin éxito a la última de la tarde. Había que cubrirse muy bien los pies y las piernas con lonjas de piel y placas de acero delgado que llegaban hasta las rodillas. Los guantes cubrían de carnaza las manos y de acero hasta los codos. Una mordida podría bien cortar de tajo un pedazo de piel; la herida se infectaba casi de inmediato desarrollando anafilaxia produciendo, entre otras cosas, constricción de las vías respiratorias lo que lleva a otros síntomas, como la muerte por asfixia y un desequilibrio económico para la familia que paga los gastos fúnebres.
Ahí mismo el Sr. Redondo ajuarado, podía bien batirse en duelo con un caballero de la mesa redonda o hacer de soldador en el astillero central de Gouilles.
Estos gigantescos insectos pueden alcanzar hasta 20cm. de largo, aunque una reina madre mide alrededor de los 35cm. Según los rumores locales, sobrevivir a una mordida de estos formícidos además de milagroso implicaba directamente dejar de sufrir por cualquier tipo de leucosis o bacteremias. Tratábamos de probar esto, más por el dinero que me representaba que por conocimiento. Para esta investigación, era necesario transportarlas al laboratorio en contenedores que asemejan a una cucaracha gigante. Éstos permiten meter hasta cuatro, aunque a veces metíamos cinco para evitar hacer más viajes. Una vez dentro del contenedor lograban sacar sus patas a través del mimbre transformándolo en gigantesco bicho con cuatro o cinco cerebros que nunca se ponían de acuerdo para dónde ir en oportunidad de huída. A tal grado llegaba el caos, que entre aparatosos choques y abatidas piruetas rara vez llegaban a más de siete metros antes de darse por vencidas. En plena selva, el intento de fuga no era tan divertido como cuando llegábamos al puerto donde se encontraba el laboratorio. Nunca ayudé al Sr. Redondo a cargar los contenedores, sólo para ver como las hormigas lograban ponerse de acuerdo por un segundo e intentaban escapar por las calles llenas de gente, de mujeres con pánico, que entre gritos de dioses, verduras y trapos volando, esquivaban al frenético bicho gigante que al final era recuperado por mí.
Calmadamente, lo regresaba a los brazos atiborrados del Sr. Redondo, que estaba muerto de vergüenza recibiendo los gritos y reclamaciones escupidas por mujeres histéricas que varias veces llegaban a perseguirlo hasta la entrada del laboratorio.
No era que metiéramos hormigas gigantes al pueblo como enseñándoles el camino. No era algo que comprendiera, o me importara.
Alguna vez llegó una de esas mujeres a meterse, y cuando se vio entre hormigueros gigantes y líquidos pestilentes salió corriendo llena de miedo y gritos. Estoy seguro que fue ella quien empezó con todo eso de “veneno” de “muertos”, lo sospeché por que ella salió gritando eso, y porque desde pequeño he sido muy perspicaz...
No puse atención en los gritos, no me interesó.
miércoles, 9 de julio de 2008
Puerto Feuilles
Era un pueblo de balcones roídos, de edificios que en otro lugar son escombros. Las calles encharcadas reflejaban el pasado y contrapuesta una decadencia actual que le quedaba a la gente como sombrero calado. Su tiempo era el tiempo del viejo, la cadencia de las campanas de la iglesia que en domingo tocan un poco mas lento. Su gente caminaba con la música de otro continente y los ojos revelaban orgullo sin saber bien de qué. Se ponían serios para disciplinados no hacer nada, solo ver pasar las sombra del tiempo porque el tiempo verdadero habría pasado ya hacía mucho. Si veías el reloj de la plaza con detenimiento, si le sorprendías un momento, podrías jurar que le ves retroceder un segundo de pronto.
Las casas de tronco de palma cayéndose en cada tormenta, rodeaban a una ciudad parcialmente amurallada, que en el centro erguía una capilla que ellos llamaban Catedral donde aún daban misa en latín. El edificio de gobierno era, junto con la iglesia, lo único que relucía como si hace dos siglos hubiera pasado ayer, como el reloj que retrocede. Todo lo demás era una decadencia pintoresca rodeada de verde y azul.
Puerto Feuilles era un pueblo que de un lado secaba las olas del mar Cáibico y del otro se encontraba un muro de árboles gigantes que a veces permitían entre sus troncos, la entrada a la Selva de Maiquiquí. Ésta, para 1921 no estaba aún explorada, situación que me hacía a mí una especie de explorador temerario. Mitos de embrujos y hechizos demoníacos hacían que los valerosos habitantes de Puerto Feuilles decidieran subsistir a costa del mar y no de la selva.
Este pueblito costeño era considerado por sus escasos cincuenta mil habitantes como la ciudad más importante de todo el país. Cuando los Franceses decidieron fundar la ciudad en 1697 pensaban que sería algo así como un emporio comercial de fertilidad infinita. A tal grado llegó su éxito, que trece años después Puerto Feuilles ya había obtenido su independencia sin lucharla o pedirla.
Independencia que fue olvido.
Los feuilléses le pagaron al mundo con la misma moneda. Como si no existiera más tierra que la de ellos. Como si el resto del planeta fuera un sueño a través de una niebla que nadie se atreve a cruzar.
Fue hasta finales de 1879 cuando los virtuosos cartógrafos de la República de Gouilles descubrieron, por un comerciante feuillés que llegó a la capital con artesanías, la posibilidad de que no solo hubiera agua sino tierra entre la selva Maiquiquí y el mar Cáibico.
Descubierta la ubicación de la franja urbana, llegaron los primeros exploradores a tratar de comunicarse a base de señas con los feuilléses. Esa situación solo duró un par de días hasta que se dieron cuenta que hablaban el mismo idioma.
Durante años para el resto de la República de Gouilles, Puerto Feuilles era tan solo un rumor que habían creado los periódicos y los noticieros en las salas de cine. Fue entonces cuando el Presidente Gerard Pardois decidió empezar las relaciones diplomáticas con el dirigente de Puerto Feuilles con el motivo de unificar al pueblo con el resto de la República ya que después de todo, este se encontraba en territorio nacional. El Coronel Jaques Munroe, ofendido al oír que llamaban pueblo a la Ciudad de Puerto Feuilles terminó con las relaciones diplomáticas y se negó a pertenecer al resto de la República. Esta situación obligó al Presidente Pardois a mandar un ejercito bajo las órdenes del General Rochaud con el fin de tomar el pueblo por la fuerza.
La estrategia era muy simple: atravesar 500 km de selva inexplorada para tomar por sorpresa a los feuilléses y acabar con esta situación de un solo golpe. Para cuando el ejército entró en selva de Maiquiquí, el Coronel Munroe estaba dando un trago de el Coñac feuillés que cinco minutos después le causaría la muerte por una extraña combinación de cirrosis hepática e intoxicación etílica grave.
A su muerte siguió la reunión extraordinaria del Consejo feuillés, para convocar elecciones internas y elegir un embajador que fuera a negociar los términos en los que Puerto Feuilles pertenecería a la República.
Actualmente es 1882 el año en que oficialmente se celebra la Independencia de Puerto Feuilles. Año en el que el General Rochaud y sus hombres perdieron la vida en la lucha por la libertad y soberanía de un pueblo que vivía en soberana libertad y al que nunca llegó. Jamás salieron de la selva. A raíz de eso, todos tomaban la ruta que alguna vez tomo el comerciante feuillés y el Embajador: rodeando la selva.
Siguió una fiebre de construcción y reconstrucción. Lo primero que hicieron fue reconstruir el puerto francés y así empezar con el hito turístico de Puerto Feuilles. La ciudad reconstruía sus edificios afrancesados echados a perder por la humedad. Levantaron una estatua del Coronel Jaques Munroe montado en un caballo que nunca tuvo y empuñando una espada que nunca desenfundó. Tres días después decapitaron la estatua y en su lugar pusieron la cabeza del Presidente Pardois que en su vida había entrado en una batalla pero que en escultura lucía un traje militar impecable que no le pertenecía a nadie. Cuando el calendario mostraba impreso el año de 1887 Puerto Feuilles era una feria diaria. Para 1898 todo había terminado.
Las casas de tronco de palma cayéndose en cada tormenta, rodeaban a una ciudad parcialmente amurallada, que en el centro erguía una capilla que ellos llamaban Catedral donde aún daban misa en latín. El edificio de gobierno era, junto con la iglesia, lo único que relucía como si hace dos siglos hubiera pasado ayer, como el reloj que retrocede. Todo lo demás era una decadencia pintoresca rodeada de verde y azul.
Puerto Feuilles era un pueblo que de un lado secaba las olas del mar Cáibico y del otro se encontraba un muro de árboles gigantes que a veces permitían entre sus troncos, la entrada a la Selva de Maiquiquí. Ésta, para 1921 no estaba aún explorada, situación que me hacía a mí una especie de explorador temerario. Mitos de embrujos y hechizos demoníacos hacían que los valerosos habitantes de Puerto Feuilles decidieran subsistir a costa del mar y no de la selva.
Este pueblito costeño era considerado por sus escasos cincuenta mil habitantes como la ciudad más importante de todo el país. Cuando los Franceses decidieron fundar la ciudad en 1697 pensaban que sería algo así como un emporio comercial de fertilidad infinita. A tal grado llegó su éxito, que trece años después Puerto Feuilles ya había obtenido su independencia sin lucharla o pedirla.
Independencia que fue olvido.
Los feuilléses le pagaron al mundo con la misma moneda. Como si no existiera más tierra que la de ellos. Como si el resto del planeta fuera un sueño a través de una niebla que nadie se atreve a cruzar.
Fue hasta finales de 1879 cuando los virtuosos cartógrafos de la República de Gouilles descubrieron, por un comerciante feuillés que llegó a la capital con artesanías, la posibilidad de que no solo hubiera agua sino tierra entre la selva Maiquiquí y el mar Cáibico.
Descubierta la ubicación de la franja urbana, llegaron los primeros exploradores a tratar de comunicarse a base de señas con los feuilléses. Esa situación solo duró un par de días hasta que se dieron cuenta que hablaban el mismo idioma.
Durante años para el resto de la República de Gouilles, Puerto Feuilles era tan solo un rumor que habían creado los periódicos y los noticieros en las salas de cine. Fue entonces cuando el Presidente Gerard Pardois decidió empezar las relaciones diplomáticas con el dirigente de Puerto Feuilles con el motivo de unificar al pueblo con el resto de la República ya que después de todo, este se encontraba en territorio nacional. El Coronel Jaques Munroe, ofendido al oír que llamaban pueblo a la Ciudad de Puerto Feuilles terminó con las relaciones diplomáticas y se negó a pertenecer al resto de la República. Esta situación obligó al Presidente Pardois a mandar un ejercito bajo las órdenes del General Rochaud con el fin de tomar el pueblo por la fuerza.
La estrategia era muy simple: atravesar 500 km de selva inexplorada para tomar por sorpresa a los feuilléses y acabar con esta situación de un solo golpe. Para cuando el ejército entró en selva de Maiquiquí, el Coronel Munroe estaba dando un trago de el Coñac feuillés que cinco minutos después le causaría la muerte por una extraña combinación de cirrosis hepática e intoxicación etílica grave.
A su muerte siguió la reunión extraordinaria del Consejo feuillés, para convocar elecciones internas y elegir un embajador que fuera a negociar los términos en los que Puerto Feuilles pertenecería a la República.
Actualmente es 1882 el año en que oficialmente se celebra la Independencia de Puerto Feuilles. Año en el que el General Rochaud y sus hombres perdieron la vida en la lucha por la libertad y soberanía de un pueblo que vivía en soberana libertad y al que nunca llegó. Jamás salieron de la selva. A raíz de eso, todos tomaban la ruta que alguna vez tomo el comerciante feuillés y el Embajador: rodeando la selva.
Siguió una fiebre de construcción y reconstrucción. Lo primero que hicieron fue reconstruir el puerto francés y así empezar con el hito turístico de Puerto Feuilles. La ciudad reconstruía sus edificios afrancesados echados a perder por la humedad. Levantaron una estatua del Coronel Jaques Munroe montado en un caballo que nunca tuvo y empuñando una espada que nunca desenfundó. Tres días después decapitaron la estatua y en su lugar pusieron la cabeza del Presidente Pardois que en su vida había entrado en una batalla pero que en escultura lucía un traje militar impecable que no le pertenecía a nadie. Cuando el calendario mostraba impreso el año de 1887 Puerto Feuilles era una feria diaria. Para 1898 todo había terminado.
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