miércoles, 9 de julio de 2008

Prólogo

Una nada encerrada por todo lo que tiene vida.
Todo existe ahí. Ahí se planeó, se crea.
En mitad de la selva...

Era como caminar sobre tierra sembrada en una fina capa de esponja. Cada paso era un charco alrededor de mis botas. Una gota más de sudor que escapaba del sombrero y el pañuelo para quemarme los ojos. El calor me pesaba caliente en los pulmones y la ropa húmeda se pegaba a la piel como si a partes hubiera crecido de ella.
El Sr. Redondo, mi asistente, corría evitando mordidas tratando de atrapar sin éxito a la última de la tarde. Había que cubrirse muy bien los pies y las piernas con lonjas de piel y placas de acero delgado que llegaban hasta las rodillas. Los guantes cubrían de carnaza las manos y de acero hasta los codos. Una mordida podría bien cortar de tajo un pedazo de piel; la herida se infectaba casi de inmediato desarrollando anafilaxia produciendo, entre otras cosas, constricción de las vías respiratorias lo que lleva a otros síntomas, como la muerte por asfixia y un desequilibrio económico para la familia que paga los gastos fúnebres.
Ahí mismo el Sr. Redondo ajuarado, podía bien batirse en duelo con un caballero de la mesa redonda o hacer de soldador en el astillero central de Gouilles.

Estos gigantescos insectos pueden alcanzar hasta 20cm. de largo, aunque una reina madre mide alrededor de los 35cm. Según los rumores locales, sobrevivir a una mordida de estos formícidos además de milagroso implicaba directamente dejar de sufrir por cualquier tipo de leucosis o bacteremias. Tratábamos de probar esto, más por el dinero que me representaba que por conocimiento. Para esta investigación, era necesario transportarlas al laboratorio en contenedores que asemejan a una cucaracha gigante. Éstos permiten meter hasta cuatro, aunque a veces metíamos cinco para evitar hacer más viajes. Una vez dentro del contenedor lograban sacar sus patas a través del mimbre transformándolo en gigantesco bicho con cuatro o cinco cerebros que nunca se ponían de acuerdo para dónde ir en oportunidad de huída. A tal grado llegaba el caos, que entre aparatosos choques y abatidas piruetas rara vez llegaban a más de siete metros antes de darse por vencidas. En plena selva, el intento de fuga no era tan divertido como cuando llegábamos al puerto donde se encontraba el laboratorio. Nunca ayudé al Sr. Redondo a cargar los contenedores, sólo para ver como las hormigas lograban ponerse de acuerdo por un segundo e intentaban escapar por las calles llenas de gente, de mujeres con pánico, que entre gritos de dioses, verduras y trapos volando, esquivaban al frenético bicho gigante que al final era recuperado por mí.

Calmadamente, lo regresaba a los brazos atiborrados del Sr. Redondo, que estaba muerto de vergüenza recibiendo los gritos y reclamaciones escupidas por mujeres histéricas que varias veces llegaban a perseguirlo hasta la entrada del laboratorio.

No era que metiéramos hormigas gigantes al pueblo como enseñándoles el camino. No era algo que comprendiera, o me importara.

Alguna vez llegó una de esas mujeres a meterse, y cuando se vio entre hormigueros gigantes y líquidos pestilentes salió corriendo llena de miedo y gritos. Estoy seguro que fue ella quien empezó con todo eso de “veneno” de “muertos”, lo sospeché por que ella salió gritando eso, y porque desde pequeño he sido muy perspicaz...

No puse atención en los gritos, no me interesó.

1 comentario:

Yamil dijo...

Entrar al mundo de los blogs tiene consecuencias... ahora tus lectores podemos exigirte que sigas.